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Denuncian 8 desapariciones por día: Salta y los expedientes del silencio

Desapariciones, muertes dudosas e investigaciones que nunca lograron cerrarse conforman una de las caras más inquietantes de Salta. Detrás de cada nombre hay familias que siguen esperando respuestas, hipótesis que se contradicen y causas que el paso del tiempo convirtió en verdaderos pantanos judiciales. Con medio centenar de personas con paradero desconocido en la provincia, algunos casos emblemáticos exponen las deudas más profundas del sistema.

 

Jerson De Cecco

 

En Salta se denuncian, en promedio, ocho desapariciones por día. La inmensa mayoría se resuelve en pocas horas gracias a los protocolos de búsqueda. Sin embargo, existe un grupo de expedientes que parecen haber quedado suspendidos en el tiempo. Son alrededor de cincuenta personas cuyo paradero continúa siendo desconocido y una serie de muertes ocurridas en circunstancias tan extrañas que jamás pudieron encontrar una explicación definitiva. Son historias atravesadas por el dolor, pero también por investigaciones que dejaron más interrogantes que certezas.

Con los años, estos casos fueron adquiriendo una dimensión que excede a las víctimas. Se transformaron en símbolos de un problema mayor: líneas investigativas que se abandonan o se modifican sobre la marcha, pruebas que llegan tarde y familiares obligados a convertirse en investigadores de sus propias tragedias. La pregunta ya no es únicamente qué ocurrió con cada una de esas personas. También cabe preguntarse por qué tantas causas siguen recorriendo el mismo camino.

Marcela Mamaní: una desaparición, un juicio y ninguna respuesta

Hace catorce años que nadie sabe qué ocurrió con Marcela Mamaní. Tenía apenas 25 años cuando salió a bailar la noche del 16 de febrero de 2012 y desapareció para siempre. Su pareja, José Aramayo, fue desde el comienzo el único sospechoso. Existían denuncias previas por violencia de género, restricciones de acercamiento incumplidas y un contexto que orientó toda la investigación hacia una sola hipótesis.

La causa tomó un rumbo inédito cuando, pese a que nunca apareció el cuerpo de Marcela, Aramayo fue condenado por homicidio. Meses después, la sentencia fue revocada y el acusado resultó absuelto por el beneficio de la duda. El expediente quedó prácticamente clausurado, pero no así las preguntas. Personas cercanas a la joven que incurrieron en contradicciones nunca fueron investigadas y la familia sostiene hasta hoy que la pesquisa fue incompleta. La madre de Marcela murió sin conocer el destino de su hija. ¿Qué habría ocurrido si desde el primer momento se hubieran explorado todas las líneas posibles y no únicamente una hipótesis? ¿Cuántas oportunidades se perdieron en aquellos primeros días que jamás volverán?

Gastón Sanz: cuatro años buscando una pista

El 20 de febrero de 2022, Gastón Sanz salió de su casa con destino al río Castellanos. Cursaba los últimos años de Abogacía y atravesaba un cuadro de trastorno bipolar. Nunca regresó. Desde entonces, su familia protagoniza una búsqueda incesante que incluyó rastrillajes, una recompensa económica, la intervención de Interpol y hasta un cambio de fiscal con la promesa de comenzar nuevamente desde cero.

En estos años aparecieron datos que parecían abrir una puerta y terminaron diluyéndose. El hallazgo reciente de una prenda volvió a alimentar expectativas, aunque los resultados periciales siguen siendo esperados. Mientras tanto, la incertidumbre continúa siendo el principal protagonista. Su padre resume el drama con una frase tan sencilla como devastadora: no busca culpables, solo quiere saber qué pasó con su hijo: ¿decidió desaparecer? ¿Se desorientó producto de su enfermedad? ¿Alguien se cruzó en su camino? Cuatro años después, ninguna de esas preguntas encontró una respuesta definitiva.

Jésica Gutiérrez: un pueblo entero sin respuestas

La desaparición de Jésica Gutiérrez, ocurrida en septiembre de 2024 en La Caldera, conmocionó a toda la provincia. Pocos días después, su expareja, Dardo Mamaní, fue hallado sin vida en una zona donde precisamente se la buscaba. Ese hecho modificó por completo el escenario de la investigación, aunque no permitió esclarecer lo sucedido.

Con el correr de los meses, la esperanza de encontrarla con vida fue cediendo lugar a otra necesidad igual de urgente: encontrar su cuerpo. El abogado de la familia cuestionó la falta de medidas investigativas durante los primeros días y sostuvo que sectores considerados estratégicos no fueron rastrillados oportunamente. La nueva fiscal impulsó nuevas diligencias, pero la causa sigue sin ofrecer respuestas concluyentes. ¿Qué información pudo haberse perdido por no intervenir determinadas zonas en el momento oportuno? ¿Es posible reconstruir una investigación cuando el tiempo ya alteró el escenario donde pudieron haber quedado las principales evidencias?

Ramiro Sagasta: un ciclista incinerado y muchas dudas

Pocas investigaciones reflejan con tanta claridad las contradicciones que pueden atravesar una causa judicial como la muerte de Ramiro Sagasta. El ciclista fue encontrado gravemente quemado junto a su bicicleta en noviembre de 2021 y falleció horas después en el hospital. Sus pertenencias permanecían intactas, por lo que rápidamente perdió fuerza la hipótesis del robo. La autopsia determinó que murió exclusivamente por las quemaduras y la causa quedó caratulada como muerte dudosa.

Pero el expediente nunca logró construir un relato único. Antes de morir, Sagasta alcanzó a manifestar que alguien lo había empujado de la bicicleta y luego lo roció con combustible. Sin embargo, una cámara de seguridad registró que, poco antes del hecho, él mismo había comprado un bidón de nafta en una estación de servicio.

De ese modo convivieron dos hipótesis difíciles de reconciliar: un homicidio y un eventual suicidio. Ninguna terminó despejando definitivamente el misterio. ¿Mintió Sagasta en sus últimos minutos de vida? ¿Fue víctima de un ataque que nunca pudo demostrarse? ¿O existe una tercera explicación que jamás llegó a explorarse?

La provincia de las preguntas pendientes

La lista no termina allí. María Cash continúa siendo el caso paradigmático de una desaparición que atravesó más de una década de incertidumbre. El crimen de Jimena Salas sigue despertando interrogantes pese a los avances judiciales. Los asesinatos de las turistas francesas Houria Moumni y Cassandre Bouvier, así como otros expedientes que marcaron distintas épocas, permanecen instalados en la memoria colectiva porque dejaron zonas oscuras que el tiempo nunca consiguió iluminar.

Cada causa tiene particularidades propias, pero todas parecen compartir un mismo patrón: las primeras horas resultan decisivas, las hipótesis se multiplican, algunas líneas de investigación desaparecen sin demasiadas explicaciones y los años terminan erosionando pruebas, recuerdos y posibilidades de reconstrucción.

Tal vez la pregunta más incómoda no sea qué ocurrió con cada una de estas víctimas. La verdadera discusión es otra: ¿qué está pasando para que Salta acumule expedientes donde las respuestas parecen siempre quedar un paso más atrás? Cuando las investigaciones quedan atrapadas entre versiones incompatibles y la sociedad termina acostumbrándose a convivir con misterios irresueltos, el problema deja de pertenecer a un solo expediente y se convierte en un síntoma. Todo eso habla menos de los desaparecidos que de una Justicia que, demasiado a menudo, parece perder el rastro mucho antes que las propias víctimas.

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