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Contra la burrocracia

 

En el Gobierno parece haberse consolidado una curiosa teoría educativa: cuanto menos contacto tengan algunos funcionarios con una universidad pública, más autorizados se sienten a opinar sobre ella. Esta vez fue Lilia Lemoine quien decidió aportar al debate académico definiendo a los estudiantes universitarios como “los nuevos piqueteros”, quizás confundiendo una marcha por presupuesto con una invasión alienígena o con una fila para rendir Análisis Matemático II.

La respuesta llegó desde distintos sectores políticos, entre ellos la diputada radical Mariela Coletta, quien recordó un detalle incómodo para el oficialismo: detrás de las universidades públicas hay millones de estudiantes que trabajan, viajan horas y cursan de madrugada mientras el Gobierno ajusta presupuestos, licúa salarios docentes y transforma el financiamiento universitario en una especie de ficción literaria. Coletta deslizó incluso una propuesta audaz y revolucionaria: que algún integrante del oficialismo pise un aula. No para cerrarla ni desfinanciarla, sino simplemente para verla por dentro.

Mientras tanto, el gobierno de Javier Milei continúa librando su batalla cultural contra científicos, investigadores, docentes y estudiantes, como si el principal enemigo del déficit fiscal fuera un pibe tomando apuntes en una clase de Sociología a las diez de la noche. En esa épica libertaria, las universidades dejaron de ser espacios de formación para convertirse en sospechosos centros de adoctrinamiento donde ocurren actividades extremistas como leer bibliografía, hacer investigaciones y reclamar que no se caigan los techos.

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