El chaco salteño afronta la peor sequía de las últimas cuatro décadas. Una pesadilla que azota a las comunidades originarias y campesinas cada año, pero que parece agravarse al ritmo del avance del agronegocio y los desmontes. Por Nicolás Bignante

Al decadente panorama político y al convulsionado marco epidemiológico, la provincia suma un agravante de naturaleza económico-ambiental: La peor sequía de los últimos 40 años en el empobrecido chaco salteño. Las estimaciones del Instituto Nacional para la Tecnología Agropecuaria (INTA) son lapidarias: La falta de agua en los departamentos San Martín y Rivadavia se cobró la vida del 30% del ganado bovino perteneciente a pequeños productores. La semana que viene la provincia podría decretar la emergencia agropecuaria para los departamentos afectados, previa reunión con autoridades nacionales.

De la comisión que analizará los informes técnicos la semana próxima participarán los titulares de Desarrollo Agropecuario, Recursos Hídricos y Obras Públicas, los presidentes de las comisiones de asuntos agropecuarios de la Cámara de Diputados y del Senado, funcionarios de la Dirección General de Presupuesto y de la Dirección General de Rentas, Banco Nación, referentes del INTA, SENASA y la SAF, y los intendentes de los departamentos afectados.

El análisis de los factores del deterioro de la vida en el chaco salteño suele excluir la premisa ambiental. De hecho, las autoridades del área ni siquiera formarán parte de la comisión encargada de declarar la emergencia. Aunque los habitantes de la zona llevan años de acostumbramiento al clima hostil, los cambios en la utilización del suelo trajeron aparejados brutales efectos en el ambiente. En los últimos 15 años, la superficie desforestada en el chaco salteño superó el millón de hectáreas según distintas investigaciones académicas. Los líderes de aquella catástrofe, que persiste al día de hoy, tienen nombre y apellido.

El suelo resquebrajado del que brotan apenas algunas malezas y la ausencia de pasturas suponen un doble problema para los productores de la llanura chaqueña. Bovinos, caprinos y algunos equinos llegan a alimentarse con forraje de emergencia (como el maíz) y escasamente acceden al agua. En muchos casos, sobre todo en parajes alejados donde habitan familias originarias, humanos y animales comparten la misma fuente de líquido estancado. La descripción forma parte del relato de Eugenio Torres, pequeño criador de Los Blancos: «Nuestros animales se mueren porque no tienen ni qué comer. Ya no hay pasturas, mucho menos agua. A veces ni para nosotros hay, entonces tenemos que tomar de la misma represa que los animales. Con las hembras preñadas es peor porque cuando tienen sus crías se mueren porque necesitan mucha agua… y si no muere la cría, muere la madre», relata con dolor a Cuarto Poder.

La realidad que grafica Torres dista mucho de la de los grandes lugartenientes de la región, fanáticos de la topadora y responsables de buena parte del pasivo ambiental de la llanura. En los últimos 30 años, el banquero Jorge Horacio Brito se cargó 50.000 hectáreas de bosque nativo. El dueño de IRSA, Eduardo Elsztain, arrasó con 120.000 hectáreas para avanzar en desarrollos ganaderos bajo la firma Cresud (Banco Hipotecario). Marcelo Mindlin, dueño de Pampa Energía e increíblemente integrante de la «mesa contra el hambre», aparece también entre los que encabezan el ranking. La familia Macri, con su megaemprendimiento en Finca El Yuto, también se llevó por delante unas 20 mil hectáreas junto al primo de Marco Peña, Alejandro Peña Braun. Juan Carlos Romero, Alejandro Urtubey, Alfredo Olmedo y otros intendentes del norte le dan el toque local al festival del desmonte.

«La tala nos ha hecho mucho daño», reconoce Eugenio Torres. «Cada vez es más el tiempo que hay que esperar las lluvias y cuando llueve se suele inundar todo. A veces quedamos completamente aislados y la única que nos queda es esperar alguna ayuda del estado», añade.

Un estudio llevado adelante por la académica Laura Amdan, quien estudió las consecuencias del desmonte sobre la recarga de agua subterránea y la salinización de suelos en Salta, da cuenta de esta realidad. “El desmonte cambió radicalmente el sistema radicular”, reconoce, y explica que las raíces de la soja (el cultivo extensivo más difundido en el este provincial) no logran absorber la lluvia como lo hacían los árboles. Esto hace que el agua atraviese todo el perfil del suelo y transporte las sales acumuladas por milenios hasta las napas. Si el monocultivo de soja persiste, con el tiempo las napas comienzan a ascender con las sales, hasta llegar a la superficie. Y esto podría suceder, según las conclusiones de Amdan, en un período de entre 30 y 100 años, según la edad del desmonte, la cobertura y el manejo agronómico. En el caso de las pasturas, que se siembran como alimento para el ganado, el proceso podría demorar hasta 250 años. La experiencia de los pobladores del chaco en cuanto al acceso al agua, es una prueba diáfana de esta hipótesis. El líquido obtenido escasamente de algunos pozos artificiales es cada vez más salitre.

Entre marzo y agosto de este año se desmontaron 9079 hectáreas de bosque nativo, según los relevamientos de la ONG Greenpeace en base a rastreos satelitales. En abril, Greenpeace detectó el desmonte de cerca de 130 hectáreas en la finca San Francisco, ubicada en el departamento San Martín. Su dueño es el dirigente agropecuario Ignacio García del Río, presidente de la Sociedad Rural de Salta y miembro de PROGRANO. Los desmontes en dicha estancia ya habían sido denunciados por la ONG en 2013.

La posible declaración de la emergencia agropecuaria para los departamentos del norte provincial poco y nada entusiasma a los productores. Los especialistas estiman que la situación podrá revertirse recién en el mes de marzo, pero que mientras tanto la realidad para los pequeños productores y la vida silvestre es insostenible. «No sería la primera vez que se habla de emergencia en el chaco salteño, pero para nosostros son sólo palabras. Queda sólo en eso. Sin agua ni alimento para nuestros animales no vivimos y la situación económica está más complicada que nunca», concluye Eugenio Torres.