Salta, martes 23 de abril de 2019
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Thomas Page McBee nació mujer y, después de ajustar su cuerpo a su verdadera identidad sexual, escribió sobre lo que hoy significa ser un hombre y lo que debería significar, que no es lo mismo.  McBee es el primer boxeador transexual que ha combatido en el Madison Square Garden. Y aunque se supone que el libro que ahora publica en España, ‘Un hombre de verdad’ (Temas de hoy), no tiene nada que ver con el boxeo, esta entrevista para La Vanguardia muestra que hay una relación. ¿Qué significa ser “un hombre de verdad”? Esa idea es el mayor mito que existe sobre la masculinidad. Además, implica que existe un tipo de hombre falso. En realidad se trata de un objetivo que no deja de moverse. Una meta que empuja a los hombres a demostrarse que rinden como tales y, a la vez, a hacer de policías los unos de los otros. En origen, el mito está relacionado con la sensación de sentirse desconectado de lo primario y animal. Y eso tiene sentido si se disocia de la cuestión de género. Pero es una tragedia al combinarse con un sistema de poder que tiene que ver con el género; con una masculinidad que implica dominio de los hombres sobre otros hombres y también sobre las mujeres y los niños. Por cierto. La expresión “una mujer de verdad” no existe... Bien visto. No, realmente no existe. No la he oído salvo en conversaciones sobre mujeres trans. A ellas no se les monitoriza de esa manera, en cuanto a si son mujeres, aunque obviamente sí se las controle en otros sentidos. ¿A qué lo atribuye? A la estructuración del género en función del poder. Como las mujeres no tienen de entrada la oportunidad de adquirir el poder, en su caso no tiene sentido ni utilidad discutir entre ellas sobre qué es ser una mujer de verdad. Pues no están peleando por llegar a la cúspide porque la cultura se lo impide. Ellas lidian con aquello que tiene que ver con su atractivo para los hombres y con su habilidad para mantener su rendimiento en las tareas domésticas a la vez que trabajan fuera para tener algún dinero. La expresión “ser una mujer de verdad” no existe porque ser mujer no tiene valor en esa cultura. Masculinidad tóxica Los hombres pierden capacidades emocionales que tenían en la infancia” Pero no hace mucho se empezó a promover la idea de un hombre emotivo, con rasgos tradicionalmente asociados a lo femenino. Y ahora hay un revival del ideal de masculinidad vinculado tanto al poder político y económico como al poder físico. No porque lo hayan perdido en algún momento. Pero la llamada crisis de masculinidad detectada en los años 90 y expresada más bien con la crisis a partir del 2008, con más problemas laborales y de soledad, llevó a muchos a pensar que perdían ese poder y por ello una parte de ellos redoblan sus esfuerzos por demostrar su identidad de género. ¿Dónde sitúa la parte negativa de la masculinidad? La masculinidad tóxica es la que se debe a unos comportamientos socializados que todos los hombres aprenden e interiorizan en su infancia. Y que les hacen perder capacidades emocionales que sí habían tenido antes de la adolescencia. Lo esencial es tener claro que se trata de una construcción social. De un mandato de comportamiento. Tal vez es buen momento para que muchos hombres reconozcan que lo pueden seguir siendo pero con una masculinidad algo más liberada.   El escritor y boxeador transexual Thomas Page McBee descubrió, a base de golpes en el cuadrilátero y de hacerse preguntas, las partes tóxicas de la masculinidad dominante en Occidente, que ahora deconstruye en el libro 'Un hombre de verdad'. (J.p.gandul / EFE) ¿Quiere decir sin esos impedimentos o condicionantes que usted percibió cuando nació como hombre y que cita en el libro, como por ejemplo abrazar o tocar y permitir que otros le tocaran? Sí. Pero debo aclarar que antes de inyectarme testosterona, a los 30 años, yo ya era bastante masculino y andrógino para ser una mujer. Así que había cosas que había compartido con ellas pero otras que nunca había experimentado, como el acoso sexual. Mi cambio no fue extremo. Y la testosterona tuvo en mí un efecto rapidísimo. En seis meses adquirí este aspecto. Dicho lo cual, resulta que después de hacer mi transición y estaba sólo en mi piso era completamente feliz. Pero en cuanto salía por la puerta el mundo no era para nada como lo que había esperado. Por un lado estaban los privilegios: entre ellos, sentirme seguro caminando por cualquier parte, de día y de noche; llegar a una reunión en mi diario, el ‘Boston Phoenix’, y que cuando me ponía a hablar todo el mundo se callara para escucharme; conseguir aumentos salariales más rápidos… Que se me tomara más en serio, vamos. Además, al pasear por la calle, lo que representaba una amenaza era mi propio cuerpo para las mujeres. De pronto, ya no era yo la que se cambiaba de acera con miedo, sino al revés. Estaba sintiendo el poder. Pero al mismo tiempo empecé a experimentar lo que los sociólogos llaman “la caja del hombre”, es decir, un sentido de mí muy restringido. La gente dejó de tocarme. Cuando expresaba una vulnerabilidad incomodaba a los demás. Y al fallecer mi madre y entrar en duelo, vi que al ser un hombre eso no me estaba permitido. No tenía derecho a estar triste. Eso me enfadó. Y justo ese verano me topé con tres tipos que intentaron pelearse conmigo. Tal vez ellos sentían mi enfado. Entonces decidió escribir el libro. Sí. Fue cuando, al enfrentarme a uno de los que buscaban pelea, pensé: ‘Creo que este tipo tampoco sabe qué hacer consigo mismo’. Me pregunté por qué luchan los hombres y quise buscar respuestas a través de la escritura. Porque me di cuenta se que ésa era la clave: hacerse preguntas por la masculinidad y así evitar enfadarse como el tipo peleón de la calle. Y salí de todo ello sintiendo una gran empatía con los hombres y deseando expresarla. Quería y quiero animar un debate sobre cómo tener una masculinidad más sana. Bueno, y confirmar las razones de las mujeres en sus reclamaciones. El boxeo Con su práctica aprendí a cuidar a otros hombres y que ellos me cuidaran a mí” También cogió los guantes y se puso a boxear. ¿Qué sacó de ello? El boxeo me atraía antes de esas peleas callejeras. Por el deporte en sí y por la tradición literaria, social y cultural asociada a él. Es un deporte hermoso. Violento pero en el cual la violencia está consensuada y ritualizada. Me sorprendió mucho todo lo que me enseñó su práctica. Lo más importante es que aprendí a cuidar a otros hombres y que ellos me cuidaran a mí. En todo el entrenamiento había un grupo de ellos preocupándose por mí. Era pura amistad. Ellos veían mis vulnerabilidades y me ayudaban a convertirlas en fortalezas. Y a la recíproca. El boxeo también es agresividad. Cierto. Como también lo es que la raíz latina de esa palabra tiene que ver con la idea de salir adelante. Aprendí a salir adelante. Y supe que pelear es humano. La mitad de nuestra cultura adquiere ese aprendizaje y la otra no. Creo que todos deberíamos hacerlo. Todo lo que yo aprendí en el ring sobre mí lo he aplicado fuera para poder luchar por las cosas en las que creo. Estar en contacto con tu cuerpo, ver y controlar tu poder de manera estratégica, respetar el poder de los demás... Es muy bonito. ¿También para ellas? Claro. A ellas se les separa demasiado pronto de su poder. Y no creo que las mujeres deban tener miedo a caminar solas por la noche o a hablar en una reunión. Pero cuando a una persona le dices desde muy joven que no tiene poder, ¿qué vas a esperar? Corporizar el poder es crucial. Lo que yo saqué del boxeo fue empoderamiento, sentido de mi mismo y una mejor relación con los hombres en mi vida. Y del libro, ¿qué ha extraído que quiera compartir especialmente? Que cuestionarlo todo es la manera correcta de volver a nosotros mismos. Cuando un hombre crea un cierto silencio consigo mismo, enseguida comprende hasta qué punto los comportamientos que se esperan de él, en tanto que varón, ofenden su integridad. Si empiezas por ahí, preguntándote qué te hace sentir incómodo e infeliz contigo mismo entre todo aquello que la sociedad espera de ti, ése es un buen comienzo. Asegurarte de que tu comportamiento se alinea con tus valores constituye un viaje de liberación e independencia. Y libertad e independencia son valores masculinos. Eso puede retroalimentar muchas de las cosas que pueden enorgullecer a los hombres sobre su propio género. ¿Y las mujeres? ¿Van un paso por delante en este sentido? El feminismo ha ayudado mucho a las mujeres. Y proporciona un modelo sólido para pensar en cómo hacer preguntas sobre el género, al margen de la más o menos acusada sensación de identidad sexual de cada cual. En todo caso, hacerte preguntas sobre la cultura te hace ser un ciudadano más responsable, más íntegro. Hablamos de ser mejores personas. De eso hablamos, sin duda.  
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