Las repercusiones por los exabruptos de Gustavo Ferraris alcanzaron las entrañas de la Auditoría General de la Provincia. Esta vez los que repudiaron las declaraciones del ex presidente del organismo fueron los empleados de planta permanente.
n. de r.
El 22 de Mayo pasado los agentes técnicos, profesionales y administrativos cobraron valor y firmaron una nota dirigida al nuevo presidente Marcos Segura Alsogaray, por la que rechazaron las declaraciones efectuadas por el saliente Ferraris en los programas de algunos periodistas entre ellos Jorge Calvo. Las consideraron injustas e injuriosas y reivindicaron su trabajo al que consideran responsable, profesional y comprometido.
Con justa razón pusieron en blanco sobre negro el rol que tienen y, de paso, insinuaron que si no hay dirección política para imprimirle un ritmo ágil y convencido al control de las cuentas del Estado, tampoco podrán hacerlo los de abajo. Hace rato que la Auditoría está devaluada y sus dependientes desmotivados, aunque perciben buenos sueldos.
Como era de esperar, el personal le recordó a Ferraris que desde abril del 2019 ejerció la presidencia y que durante siete años tuvo amplias facultades para disponer acciones que mejoraran el funcionamiento, pero no adoptó ninguna medida en este sentido. La pasividad, el disimulo y hasta la impunidad le sientan mejor a quienes quieren responder al poder de turno.
Si bien es una verdad de Perogrullo, es bueno y sano que se deje en claro que el problema de la Auditoría General son los directores que apenas cubren una hora de trabajo por día y, a cambio, perciben sueldos de más de diez millones de pesos. ¿Cómo es posible que la pereza llegue a este nivel? Bastaría con que cualquier periodista ponga una cámara en la entrada de esta dependencia para poner al descubierto a estos fugitivos del horario de trabajo.
La decadencia también tiene que ver con la inercia del organismo durante muchos años, en los que el liderazgo del presidente implicó la exclusión del resto, al margen de algunos perfiles curiosos o abyectos que hasta ahora abren interrogantes sobre cuáles son las virtudes que les vieron cuando los designaron. Con apenas una hora de trabajo por día, también es difícil encontrarse para conversar sobre como podían controlar a intendentes y funcionarios hábiles para llevar parte del erario público a su casa.
Los auditores no son los únicos que no van a trabajar más que por ráfagas de tiempo. Hay ministros y secretarios, como también directores de empresas, que destinan en tiempo a emprendimientos personales o al ocio grosero. Esto da la razón a los libertarios que pregonan que hay que extirpar tumores sin anestesia.
El gremio también debiera hacerse oír, y no estaría mal que analice ahora si la violencia laboral desplegada contra todos los empleados no es condenable. Si regresa Ferraris, podría ejercer la represalia como supo hacerlo el inefable Felipe Varela.
También es cierto que a las filas rebeldes ya no les quedan soldados. Algunos que lideraban las protestas y reivindicaciones -pero también arreglaban- pasaron a poblar el otro lado de la mesa y desde ese tiempo se les quemaron los recuerdos de la lucha que siempre dignifica. Esto parece haber ocurrido con Adrián Amen, el ex líder de APOCS que ha logrado ascender por influencias políticas a director de ENREJA y ha posicionado a su esposa como Jueza Administrativa de Faltas de la Municipalidad de Salta. Todos quieren contagiarse de él.

