Néstor Píccolo era el Jefe de la Brigada de Investigaciones de Salta y estaba abocado al caso de las turistas francesas. El 24 de noviembre del 2011, misteriosamente apareció sin vida. 

Piccolo sospechaba que había más de una hipótesis y quería abrir una investigación sobre el country Bella Vista, donde se habría realizado una fiesta con la presencia de miembros del poder político, entre ellos un actual diputado nacional.

Compartimos un articulo publicado en nuestro semanario a un mes de la dudosa muerte.

Piccolo: el hombre que sabia demasiado

A un mes del supuesto suicidio del Jefe de la Brigada poco se sabe sobre los motivos de la drástica decisión. Sus preocupaciones y la pelea con el secretario de Seguridad, Aldo Saravia. Interrogantes abiertos en una muerte que dice mucho. (Mariano Arancibia)

Néstor Piccolo no era uno más en las filas de la Policía Provincial. Conocía muy bien el paño. Había entrado a la Escuela de Cadetes hace más de 20 años y en su carrera policial figuraban pasos por la división de Infantería y en la Brigada de Investigaciones. Su responsabilidad más importante la tenía desde abril, cuando asumió como jefe de la Brigada de Investigaciones; en el tramo de siete meses había tenido que enfrentar casos complicados como la muerte de las turistas francesas o los hechos de narcotráfico donde estaban involucrados efectivos de la policía local.

El jueves 24 de noviembre, pasadas las 1 de la tarde, apareció muerto. Un balazo en el cabeza le quito la vida. Aparentemente, el balazo de su arma reglamentaria. Antes, había participado de una reunión en el edificio de calle Líbano. Cuando termino la reunión, cruzó la calle y se dirigió a un pasaje lindante a la vicaría Nuestra Señora de la Consolación, cerca de la intersección de las avenidas Chile y Líbano. Ahí, se disparó.

Piccolo tenía 44 años y tres hijos con quienes vivía en el barrio Don Emilio. Durante el último tiempo las presiones en su labor se habían desarrollado; fuentes señalan que estaba nervioso y había perdido peso. Es que varias cosas que estaban bajo su responsabilidad le quitaban el sueño.

En primer lugar el peso del doble crimen de las jóvenes francesas Houria Moumni y Cassandre Bouvier, en segundo el peso del narcotráfico que se hacia más evidente en la policía salteña y los casos de crímenes sin resolver donde están involucrados las fuerzas de seguridad. O sea que para avanzar en develar la verdad tenía que destapar varias ollas en el camino, y al parecer no estaba dispuesto.

Además, su mala relación con Aldo Rogelio Saravia lo inquietaba. “No pudo soportar las presiones de Aldo Saravia, un hombre acostumbrado a maltratar a todos”, aseguraba un alto oficial en el velatorio. También los familiares cargaron contra Saravia; según relato El Tribuno el hijo menor de Piccolo mantuvo un incidente con el secretario de Seguridad en momentos que estaba por ser trasladado de la morgue del hospital San Bernardo. “Hijo de puta… vas a cagar hijo de puta”, habrían sido los insultos que tuvieron que ser calmados por la viuda y la hermana del fallecido. Esta extraña situación explicitaba que la drástica decisión tomada tenía seguramente como base problemas jodidos.

En efecto: las tensiones crecían día a día con el jefe de la Policía, Néstor Cardozo; el ex sub jefe Simón Pistan; el ex director de Drogas Peligrosas, Marcelo Lami y con Isidoro Flores del D5. A pocas horas del suicidio, se murmuraba que el último llamado que recibió fue de Rogelio Saravia. Esta llamada, según se señalaba, habría tenido la impronta de una fuerte discusión que aporto a que tome la drástica decisión. Pese a esta versión, ligeramente se desmintió todo desde voces oficiales de la fuerza.

Entre los elementos que había dentro de su oficina de calle Líbano, estaba su maletín personal. En un primer momento fue un elemento principal para los investigadores; en él podría haber alguna carta o un mensaje sobre los motivos de su suicidio. Sin embargo, el fiscal correccional Federico Obeid cuando abrió la valija no encontró nada que indique algún nexo con el móvil. Una de las piezas claves para desenrollar los vínculos no existe.

Doble Crimen y Narco- policías

De alguna manera, Piccolo estuvo buena parte de su vida vinculado con el mundo del hampa. Su paso por la brava Infantería de la capital salteña le había hecho aprender a callar. Era prudente para moverse y sabia que algunas cosas no podría cambiar en la fuerza.

Cuando a fines de mayo se encontró a personal jerárquico de la policía de la Provincia traficando 50 kg de cocaína, las cosas se comenzaron a complicar para aquellos que conocían pero elegían el silencio. Es que la situación fue más que escandalosa. Entre los involucrados se encontraban Carlos Gallardo, jefe de la Sección Frontera Tartagal y Gabriel Giménez de la División de Inteligencia Criminal. El primero en varias ocasiones había viajado a Europa y Estados Unidos para ser instruido por especialistas en drogas y tiempo atrás había tenido cierta repercusión pública al estar involucrado con el caso del contador Marcelo Torino Dantur.

Mientras que el segundo, carga un apellido significativo en la fuerza; su padre Gabriel “Lito” Giménez, fue jefe de la policía bajo los gobiernos de Hernán Cornejo y Roberto Ulloa. Hace dos años, en una reunión con Kosiner, presentaba (junto con Gallardo) un estudio sobre la ruta de la droga en Salta, donde se indicaban las zonas de influencia del narcotráfico con detalles minuciosos de las modalidades y hasta un croquis que daba cuenta de los desplazamientos de los narcos.

Evidentemente, los involucrados no eran ningunos inexpertos. O conocían de oído la movida. A principios de julio, el ex comisario de la policía de la Provincia, Osvaldo Sosa revelaba ante Pablo Cabot, fiscal Penal de Tartagal detalles de cómo operaban las bandas de policías y civiles que se dedican al narcotráfico. En esos momentos, precisamente el miércoles 8 de junio, El Tribuno publicaba una entrevista a Sosa donde aseguraba: “Lo de los narco-policías no es un hecho aislado como (Pablo) Kosiner o (Aldo) Saravia quieren hacernos creer. Estamos ante un proceso de ‘cartelización’ en el que están involucrados altos jefes en actividad, otros retirados, políticos y mafiosos, tanto argentinos como bolivianos. Esto no se logró de la noche a la mañana, sino que fue un proceso.

Lo hicieron sacándose de encima a los oficiales que no iban a poder comprar. Lo lograron inventando causas contra ellos, como el asesinato de un narco por el que culparon a los oficiales Burgos y Mendoza y pusieron a gente de Mario Paz, como Jorge Escobar, el que hizo el montaje del caso Pisco. Tras ello, elevaron a cargos altísimos al detenido Carlos Gallardo y al prófugo Gabriel Giménez, que se transformaron en manos derecha e izquierda de las grandes investigaciones, como la que le armaron, por orden ministerial, al contador Torino Dantur”.

Para esta altura y con cuestionamientos públicos constantes, se hacia cada vez más difícil ocultar el despelote que había en las fuerzas de seguridad. Y Piccolo era consciente de esto. Sabía demasiado sobre las roscas de los pesos pesados de la fuerza con los cuales se rozaba cotidianamente.

El 29 de julio Houria Moumni y Cassandre Bouvier aparecieron muertas y violadas en la turística Quebrada de San Lorenzo. El asesinato tuvo ecos internacionales y fue el foco de la opinión pública nacional por un tiempo prolongado. Esto profundizo la crisis en la policía y empujó al alejamiento de Pablo Kosiner del ministerio de Gobierno, Seguridad y Derechos Humanos para no quedar pegado con los cuestionamientos que venían desde la embajada francesa y desde Nación hacía las dudosas investigaciones en el caso.

Justamente, el abogado de Daniel Vilte, Marcelo Arancibia, señaló que su defendido mientras estaba detenido en la Alcaidía se enteró que Gustavo Lasi lo había implicado arbitrariamente, por lo que fue a verlo y en presencia de un detenido apellidado Rodriguez y de Walter Lasi (padre de Gustavo), le reclamó: “¿Por qué me metes en este lio? ¿En que me metes? Lasi contestó que lo inculpaba por indicación de la Policía.

El responsable del caso era Néstor Piccolo y el jefe de la Brigada quería abrir una línea nueva de investigación pero Rogelio Saravia se lo impedía; quería dar por cerrado todo. Contrariamente a esto, el 29 de agosto, en un acto presidido por el Secretario de Seguridad, Piccolo era distinguido por “el profesionalismo, la celeridad, la objetividad, y la lógica demostrada en las tareas investigativas” en el caso de las jóvenes francesas.

A pesar de esta premiación al poco tiempo, se hacían públicos unos estudios de ADN realizados por especialistas franceses donde el resultado difería con las conclusiones del doctor Daniel Corach. En efecto: su responsabilidad en la causa lo llevaba a sentirse poco a poco acorralado por cuestiones que, definitivamente, ya no controlaba.

Los muertos si hablan. El salto, o no, a la muerte de Piccolo destapa una trama donde se pueden observar los nexos entre política, narcotráfico y los personajes intocables del poder. El hermetismo existente sobre el móvil del supuesto suicidio y sobre detalles del caso hacen notar que es mucho lo que se oculta.

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