Malena Galmarini salió a explicar el viaje al Caribe con Sergio Massa y terminó dejando una frase que difícilmente ayude a bajar el ruido: “Yo me puedo ir de vacaciones adonde me dé el cuero”.
El ecándalo por el viaje en jet privado de los Massa al Caribe tuvo una explicacion bastante argentina: “Tenemos un amigo que tiene un avión”. Malena Galmarini contó que ese amigo es Francisco de Narváez y que el viaje a Barbados fue por los 30 años de casados con Sergio Massa. Cinco días, decisión tomada con apenas dos días de anticipación y regreso a casa. Todo legal, según su versión. Y, sobre todo, pagable dentro de sus posibilidades.
Galmarini eligió correr la discusión hacia el bolsillo: cada uno se va de vacaciones hasta donde le dé el cuero. Es un argumento difícil de discutir en términos estrictamente privados. El problema aparece cuando la escena involucra a dos figuras que durante años estuvieron en el centro de la política argentina, y uno de ellos llegó nada menos que a ser ministro de Economía y candidato presidencial. Ahí el jet del amigo deja de ser solamente una anécdota familiar.
La defensa también incluyó un inventario de austeridad: no salen a comer, no van al teatro, viven hace 30 años en la misma casa y esa vivienda fue comprada con un crédito hipotecario del Banco Provincia. Cuanto más intenta explicar que no hay nada raro, más protagonista se vuelve el avión.
También quedó la referencia a las declaraciones juradas, que son públicas desde hace décadas, y al cumplimiento de la ley de ética pública por parte de Massa después de dejar la función. Galmarini sostuvo que su marido ahora trabaja con gobiernos de otros países y que, por las restricciones que tuvo al salir del Ministerio de Economía, no podía trabajar en Argentina. Es una explicación sobre su situación laboral. No necesariamente resuelve la otra discusión: cómo se percibe políticamente que una pareja de dirigentes viaje al Caribe en un avión privado de un empresario amigo.
No hace falta demostrar que hubo una ilegalidad para que exista una pregunta política. Tampoco alcanza con decir “me da el cuero” para que desaparezca la distancia entre quienes viven esa realidad y quienes miran desde afuera. La frase es válida como defensa personal, pero también tiene esa curiosa capacidad de convertir una explicación patrimonial en una competencia de billeteras.
Al final, Galmarini probablemente consiguió despejar una cosa y abrir otra. Explicó quién puso el avión, defendió el viaje y aseguró que no hubo nada oculto. Pero la frase que queda picando no es cuánto costó el viaje. Es algo bastante más simple: ¿cuántos argentinos tienen un amigo con avión?

